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Declaración de intenciones, inútil pero que ilustra otro homenaje a Velázquez

14/03/2017

 

"... así, pues, el espectáculo que él contempla (el propio pintor) es dos veces invisible; porque no está representado en el espacio del cuadro y porque se sitúa justo en ese punto ciego, en este recuadro esencial en el que nuestra mirada se sustrae a nosotros mismos en el momento en que la vemos". Foucault, en Las Palabras y las Cosas.

 

"... es por esto que se puede decir que Velázquez, el pintor, porque es un verdadero pintor, no está entonces, ahí, para traficar su DASEIN (existencia), y si puedo decir la diferencia entre la buena y la mala pintura, entre la buena y la mala concepción del mundo, es que al igual que los malos pintores, nunca hacen sino su propio retrato en cualquier retrato que hagan y que la mala concepción del mundo, ve en el mundo, el macrocosmos del microcosmos ". Lacan, en El Seminario 13.

 

Durante el acto de enjundia, tan entrañable y laborioso de invocarlo de nuevo, he visualizado lúdicamente el gran, inmenso, cuadro gigante, (318 por 276 centímetros) de las Meninas de Velázquez, en una pantalla de plasma diminuta. He supuesto sus dimensiones reales, y observado, a la vez, cada detalle de los personajes que he procurado recrear. Hablo sin pretensiones de tratar de concebir y plasmar unas Meninas de las Meninas en una serie de obras que arman un rompecabezas.

 

Y así, cada imagen fragmentada, ángulo, atmósfera, se ha ido proyectando arbitrariamente en una suerte de juego de espejos deformantes que acaban por plasmar una luz ya lejana al modelo; en una palabra, que absorben otra "realidad", la única probable, para mí, y a la vez, pretenden, a mi pesar, la calca imposible de un inaprensible original, el que yace fijo en mi memoria, arquetipo, recuerdo pictórico imborrable que se desvanece a cada ejercicio concluido, tras haberlo imaginado como un motivo universal, más de dos siglos después de haber sido pintado, y tantas versiones más tarde, desde las de Goya hasta las de Picasso, Miró, Dalí, Saura, Manolo Valdés, el Grup Crónica, Gironella, y muchos otros artistas embrujados por la obra peculiar y trascendente de Diego Velázquez.

 

En este arduo pero delicioso ejercicio tuve la poderosa sensación de que los personajes, siendo los mismos del cuadro, eran sometidos a los caprichos -nunca míos al fin- del paso del tiempo, de inevitables transformaciones, como los de una vejez inherente, que parte de una imagen de imágenes, de un eco de colores apagados que ensanchan de modo natural el aura umbrío de la portentosa obra original impuesta por la voluntad clásica del autor: todos, comenzando por el propio paso del tiempo y sus generaciones de seres con ojo crítico reproducimos la mirada en emociones y contemplaciones activas sucesivas.

 

Estamos hablando del cuadro de un cuadro, copia de la intención de sí mismo, resonancia, no de sonidos ni de palabras, si no de líneas mentales que configuran sombras vivas y claroscuros en movimiento de un juego serio -Serio Ludere- y cortesano; en síntesis, un sucesivo relato plástico, ese, el de Diego Velázquez y sus Meninas: primer arte conceptual retiniano cuyo reflejo en el espejo del tiempo nos sigue persiguiendo para mirarnos en él, y como en mi caso, tratar de reflejarlo una vez más, armado de materiales, tintas, telas, pintura, pinceles y sobre todo, una mirada que se quisiera materializada al revelar un prodigio del pasado de la pintura en la modernidad.

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Pintor mexicano Edmundo Font.

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